¡Mayday, mayday! ¡Tenemos luces rojas!

Maldita sea, va a ser que no soy yo un tipo ajeno a los más comunes de los problemas. Yo, que me creía tocado por una varita mágica divina que me hacía inmune a los desastres cotidianos, me he topado hoy con las fatídicas tres luces rojas parpadeando como locas en mi Xbox 360. ¡En mi Xbox 360!
He apagado, vuelto a encender, desconectado el cable A/V, vuelto a enchufar, y nada. He dejado pasar un rato, como si el tiempo solito pudiese vestirse de mecánico de ilusiones y reparar místicamente mi amada consola. No ha funcionado, claro.
Después de sollozar, de abrazar a mi pequeña blanca y de gritar al cielo el típico “¿por qué a mí?”, he tirado la toalla. He comprendido que yo solo no podía hacer más. Me he metido en la página de Xbox, y, oh, sorpresa, en la sección ‘Soporte’, destacado viene un enlace que dice algo así como “Cuatro luces rojas parpadean en mi Xbox360”. Es decir, debe ocurrir tanto que ya le dedican una sección monotemática. Pero, ¡voto a bríos!, he echado cuentas y tres luces no es lo mismo que cuatro. Oh, oh, mi problema no va a ser el habitual.
Al borde del suicidio, con una botella de whisky al lado ya de un bote de barbitúricos, me he arrastrado hasta el teléfono, y lo he hecho: he marcado el 900 94 8952, asistencia técnica de Microsoft. He dado parte de mi desgracia y me ha explicado el asunto un majísimo y pacientísimo Mohamed (juro que me ha dicho que se llamaba así, aunque es probable que, hastiado de que la gente no entienda su nombre, ha decidido bautizarse profesionalmente con el manido Mohamed). Mi pequeña va a tener que emprender un largo viaje a Alemania, sin compañía, en busca de unas manos profesionales que mancillen sus virginales entrañas y le hagan volverse a sentir joven. Irse a Alemania de picos pardos, al más puro estilo Alfredo Landa en sus tiempos mozos, quién me lo iba a decir.
Hasta dentro de 15 días laborables no regresará mi pequeña a la que es su casa (dos incisos: laborable, que no natural, o sea casi tres semanas; y encima primero tienen que venir a por ella, en un par de días, a sumar a esas casi tres semanas). ¡Dios mío, creo que nunca he estado tanto tiempo separado de mi X! ¿Podremos superarlo? ¿Volverá sana como un roble? ¿Se enamorará del alemán que, con la pericia de sus dedos, le haga una cura integral?

Para mayor mofa, ironía del destino, ayer mismo renové mi suscripción a Xbox Live… hace 24 horas soñaba con un año largo de vicios continuos en la red, y ahora sólo puedo viciarme al solitario o al buscaminas, pues hace tiempo que borré de mi PC todos los juegos, al entender, iluso de mí, que con los de la X me bastaban y me sobraban. Y es que ya se sabe, hay que tener siempre un plan B.

Adiós, mi dulce amasijo de cables y chips, mi compañera de desvelos, de alegrías y rabietas, mi inventora de ficciones,… que sea el tuyo un buen viaje, y no te olvides de que aquí queda esperándote tu dueño, que ya no lo es, porque ahora parece que tú mandas y yo obedezco, cabeza gacha, pulgares en los botones e índices machacando gatillos.
Sí, soy lacayo de mi consola, que ha enfermado, y yo no tengo la cura. Sólo me queda suspirar, rezar y sobornar a los de UPS para que traten mi tesoro (el Gollum ese no tiene ni idea de lo que es perder un tesoro) como es debido.

Suerte, dueños de Xbox360, orad al Dios Bill Todopoderoso para que no corráis mi misma suerte, porque, amigos, otra cosa no podréis hacer.

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