Limpieza de cutis

Había quedado a las tres de la tarde para tomar una cervecita en La Fábrica, la cervecería de Plaza de Armas, pero salí pronto de la facultad y sabía de buena tinta que a quien esperaba no es demasiado puntual. De modo que llegué al centro comercial a las dos de la tarde y me dispuse a esperar durante más de una hora, por lo que me senté fuera, en uno de los bancos que rodean una fuentecilla, dispuesta a terminar Las uvas de la ira, de John Steinbeck.

Sin embargo, a pesar de que el libro es un tanto crudo en algunos pasajes y muy humano en todo momento, una novela muy buena, no pude evitar levantar la vista, dirigirla hacia las palomas que hay siempre alrededor de esa fuente y dejar que la neurona tomase el derrotero que prefiriese. Se nota que ese día no estaba muy activa, porque en lugar de divagar sobre Dios o el diablo se negó a ascender tanto y se detuvo en las palomas, que al fin y al cabo eran lo que estaba más cerca.

Las palomas son viejas conocidas: todo niño sevillano tiene su correspondiente foto en el Parque de María Luisa, conocido como Parque de las Palomas, rodeado de estos pájaros. Entre semana el parque no está demasiado concurrido, luego los pobres animalitos pasan verdadera hambre y se abalanzan sobre cualquiera que se les acerque con un paquete de arvejones*. No sé qué cualidad tienen en la disposición de las plumas que me parecen pájaros blandos, como si al tocarlos fuesen a resultar mullidos, y hay algo tranquilizador en su arrullo y en el ruido de sus aleteos, en esos andares que acompasan con movimientos de la cabeza. Es fácil sentir una buena predisposición hacia estas aves.

No obstante, me resulta aún más fácil estar bien dispuesta hacia los gorriones. Son más pequeñitos y parecen Limpieza de cutis ágiles, más inteligentes. Adoro cuando se posan en el alféizar y miran hacia dentro, por encima del marco del marco de mi ventana, como si sintiesen curiosidad por lo que hay en el interior del piso. Los miro, ladean la cabeza en ese gesto tan característico de los pájaros y me parece que ha habido alguna clase de entendimiento. Son veloces y osados, tan acostumbrados están a la presencia humana. Mi madre los aborrece, porque han anidado en el tubo de la campana extractora de la cocina y defecan sobre la ropa recién tendida; en los días de calor, se meten en la terraza en busca de sombra y sus gorjeos se escuchan en todo el piso: entonces, mi madre corre hacia la terraza y los amenaza de muerte, situación bastante cómica. No son blancos ni presentan raro colorido en sus cuellos, como las palomas, sino que albergan en su cuerpecillo todas las variantes imaginables del marrón. En su discreción, su plumaje es precioso.

http://www.bdebelleza.com/cuidados/limpieza-de-cutis-como-hacerla-en-casa/

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