Espiritu santo

Hace unos días, una llamada. Alguien necesitaba comprar un producto. Atendí. Expliqué una y otra vez. Se entrecortaba la voz del otro lado de la línea. De este lado se iba instalando la ansiedad ”No le he escuchado bien.”, “le repito la dirección… B de bebé, un espacio…”, “no, mire, empecemos de nuevo, no se apure…”. Ansiedad creciendo. ”Si prefiere, le mando una carta con las instrucciones, así no se pierde.” De pronto, comenzó a escucharse perfectamente: ”Perdone, el celular estaba un poco descargado. Muchas gracias por su paciencia. Tengo hijas pero ya no les quiero molestar. Andan tan ocupadas. Quiero intentar resolverlo por mí misma y creo que con su ayuda lo voy a lograr. Otra vez gracias por su paciencia, ha sido tan Espiritu santo.”

Hay frases que se clavan. Esta fue una. ¿He sido realmente paciente? Y por Seguir leyendo?

Hace años, en un viaje-excusa por la escuela, visitamos una iglesia, que de pequeña me intrigaba por fuera, sin atreverme a entrar. Ni siquiera el impulso de transgresión y rebeldía, habían logrado que cruzara su puerta. Pero estaba enclavada en un sitio precioso, donde el sol no consigue quemar y la piedra huele y el aroma en el viento evoca historias de amor y esclavitud; de esos sitios mágicos en una ciudad mágica. Le llamamos “La iglesia de la loma del ángel” y es protagonista de una novela de Cirilo Villaverde. Pero no es de esa historia que hablo.

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